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Un tatuaje que aparece al iluminarlo y pierde visibilidad bajo el sol es la propuesta de PhotoTat, una tinta fotosensible desarrollada por investigadores de la Universidad de Colorado Boulder. El equipo busca ofrecer una alternativa para modificar la apariencia de un diseño sin quitar el pigmento de la piel y explora posibles usos médicos.
La tinta contiene pigmentos que reaccionan a distintas longitudes de onda y cambian su estructura molecular. Cada color está encapsulado en nanopartículas de PMMA, un plástico utilizado también en algunos implantes médicos y rellenos dérmicos, que permite incorporar el material a la piel y conservar su respuesta a la luz.
Una luz ultravioleta LED de 365 nanómetros puede activar los pigmentos en unos 2 o 3 segundos. Después, los colores permanecen visibles durante horas o incluso días con iluminación interior habitual. En cambio, la exposición intensa al sol hace que se desvanezcan en pocos segundos.
El diseño incluye tintas azul, magenta y amarilla, que pueden activarse con diferentes luces. Por ejemplo, la luz verde activa el magenta y la azul hace visible el pigmento amarillo. En las pruebas, los tres colores continuaron respondiendo en la piel durante períodos de 1,4 a 2,2 años. El pigmento no desaparece del cuerpo: cambia su aspecto visible.
La tecnología también podría servir para marcas médicas temporales. En radioterapia, algunos pacientes reciben tatuajes permanentes pequeños que ayudan al equipo médico a ubicar con precisión los haces. Con PhotoTat, esas señales podrían hacerse visibles durante el tratamiento y ocultarse cuando ya no fueran necesarias.
El investigador Carson Bruns probó distintas versiones en su propia piel, con diseños que le permiten observar cómo reaccionan los pigmentos y cómo evolucionan con el tiempo. El equipo también trabaja en otros tatuajes inteligentes, pensados para medir la exposición a la radiación ultravioleta o alertar ante radiación gamma.
Por ahora, solo la tinta violeta llegó al mercado, luego de pruebas médicas realizadas por terceros. Un frasco pequeño cuesta alrededor de US$100, y todavía quedan por resolver aspectos de seguridad a largo plazo, rendimiento y costos. La investigación busca sumar colores y abaratar la producción, antes de que la tinta pueda ampliar sus usos estéticos y clínicos.
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