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Bizkaia
Ekaitz Vargas
Acaba de soplar las velas de los 93 años y con un sinfín de operaciones y de prótesis, a María Rodríguez no le faltan ganas … para tirarse en parapente o tatuarse, de hecho, se acaba de autorregalar su noveno tatuaje, una mariposa. «Tengo 93 años… y mi vida la llevo escrita en la piel. Son mis recuerdos», dice esta vecina de Santutxu.
El primer tatuaje llegó hace una década, con 82 años. «Era una época de cambios, acababa de fallecer mi marido y quería darle una sorpresa a mi familia», recuerda. En su piel quedaron grabados los nombres de sus tres hijos y sus seis nietos. «Veía que la gente se tatuaba y dije: ‘pues yo también’. Siempre he sido bastante moderna, me tatué los labios y las cejas… y aunque ahora llevo el pelo blanco, lo he tenido de muchos colores», cuenta.
Aquella decisión marcó el inicio de algo más profundo. No solo empezó a tatuarse, empezó a vivir de otra manera. «He vivido muchos años para los demás… ahora me toca vivir para mí», resume. «Me he tatuado cuando muchos creen que ya todo ha terminado. Se piensan que tengo que estar sentada haciendo punto… que también hago, pero no. Me gusta coger el taladro, pintar con acuarelas, tengo un piano electrónico, manejo el TikTok… Si estoy bien, hago lo que me da la gana». Desde entonces no ha parado, ya suma cerca de una decena de tatuajes, todos con historia.
AUX STEP FOR JS
Nacida en Madrid en 1933 y marcada por la Guerra Civil, Rodríguez tuvo que partir en barco hacia Rusia siendo apenas una niña. El futuro era incierto, pero acabaría pasando más de dos décadas allí, creciendo como una más entre otros niños exiliados, aprendiendo incluso a nadar en el Mar Negro. Es por eso que en su brazo, una matrioshka recuerda los 22 años que pasó en Rusia. En 2019 volvió con su nieto y fue entonces cuando decidió tatuársela. «Se me antojó. En casa tengo muchas, me encantan. A veces las abro, las pongo todas en fila… y luego las vuelvo a guardar para no tener que limpiar tanto», dice entre risas. La muñeca rusa no es casual: «Yo también soy como esa muñeca… tengo muchas vidas dentro. Soy medio rusa, por circunstancias de la vida. Nunca se deja de cambiar, ni siquiera con 93 años».
Los inicios
«Era una época de cambios, acababa de fallecer mi marido y quería darle una sorpresa a mi familia»
En el pecho lleva el nombre de uno de sus seis nietos. «Yo llevo su nombre y él lleva ‘babywka’ (abuela en ruso) en el brazo». Más abajo, un juego de cubilete. «Queríamos hacernos algo conjunto», cuenta. Y le dije: ¿por qué no nos tatuamos nuestro juego favorito? Así recuerda que siempre estoy con él. Hemos pasado horas jugando… y riéndonos».
Otros tatuajes hablan de lo cotidiano, de lo que sostiene la vida. Como los tulipanes. «Siempre me ha gustado la naturaleza… me da paz», dice. Y ahí aparece uno de sus pensamientos más íntimos: «Cuando yo no esté, quiero que echen mis cenizas al monte… y que de ahí salga vida otra vez». También hay espacio para el humor y la rebeldía. En la espalda lleva un «Abu es única» que le regaló su tatuadora. La relación con quien le tatúa va más allá de la aguja: «Ya es mi amiga, me quiere mucho, no tiene clientas como yo», dice riendo. El búho llegó en su 93 cumpleaños.
«Siempre he sido muy nocturna», explica. Y sonríe al añadir: «Ahora más sabia también». Porque si algo reivindica María es que la edad no es un límite. «¿Por qué no voy a tatuarme con 93 años? Si me he tirado en parapente con 85. Y lo volvería a hacer», lanza. «Mis sobrinas me decían: ‘¿pero por qué te tatúas?’. Y yo les dije: ‘porque sí, vosotras no os tatuáis, pero yo lo haré hasta que me muera’», cuenta entre carcajadas.
La última en llegar ha sido una mariposa. «Igual es porque todavía estoy cambiando. Algunas mariposas duran solo un día, pero yo duraré más», dice riendo. «Me la quería hacer en el cuello, que se viera, pero es más delicado. El tatuador me dijo que mejor en el pecho. Mi nieto me decía en broma que eso era de macarra… y le digo: ‘¿pero qué macarra, si soy una señora viuda?’». Esa transformación también se nota en lo que vino después de la pérdida. «Cuando me quedé viuda sentí que se me abría una puerta», reconoce. «Ahora estoy sola y nadie me dice nada, faltaría más». Empezó a teñirse el pelo, a vestir con más color, a hacer cosas que antes no se permitía. «A mi edad ya no tengo miedo a lo que digan». Y eso se nota. En la calle, en el hospital, en cualquier sitio. «Cuando me caigo y viene la ambulancia, se quedan sorprendidos: ‘¡pero si está llena de tatuajes!’», cuenta entre risas.
Libertad
«Me he tatuado cuando muchos creen que todo ha terminado. Si estoy bien, hago lo que me da la gana»
María reconoce que muchas veces la gente se sorprende más por sus tatuajes que por todo lo que ha vivido. «Parece que con cierta edad ya no puedes hacer cosas nuevas», dice. Ella, sin embargo, siente que precisamente ahora tiene menos miedo que nunca. «Cuando eres joven piensas demasiado en el qué dirán. A mi edad, ya no tengo tiempo para eso». Sus tatuajes, además de recuerdos, se han convertido también en una forma de desafiar esa idea de que la vejez debe ser discreta, silenciosa o inmóvil. Hoy, a sus 93 años, María sigue buscando cosas que hacer. Dice que no sabe estar quieta, que el aburrimiento le puede. Y por eso pinta, arregla cosas en casa, toca el teclado eléctrico o se lanza en parapente. Porque ha sido muchas cosas: niña de la guerra, exiliada, tornera, costurera, ama de casa, madre, abuela, bisabuela. Y ahora, también, una mujer que a los 93 años ha decidido tatuarse y vivir sin permiso. «A mis 93 años… por fin soy yo y tengo mi vida tatuada en la piel», dice María. Mi abuela.
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Vive en Santutxu, tiene 93 años y acaba de hacerse su noveno tatuaje: «Ahora mando yo»
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