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Avelino Oreiro
14 de agosto 2026 – 03:07
Aunque a cualquiera que entienda y chapurree un mínimo de francés le suene a coña marinera, habré de creer que ciertamente se llamaba Jean Sérien-Dutou el extravagante señor que conocí la tarde del eclipse en la playa de Las Conchas, puesto que usaba siempre ese nombre completo, Jean Sérien-Dutou, toda vez que hablaba de sí mismo en tercera persona y como saboreando cada sílaba. El gabacho, quien en su presentación no tardó en arrogarse el linaje de la línea materna del gran poeta Baudelaire, se consideraba un flâneur du bord de mer, esto es, un andarín de arenales o un barzoneador de zonas de baño. Con lo blancuzcas que lucía las carnes, solo recatadas por un encarnado short de talle bajo estampado con diminutas torre-eiffeles, se hacía harto difícil tragarse la información de que llevaba todo el verano, o lo que llevábamos de él, estudiando in situ en las playas almerienses «ese museo semoviente que son los tatuajes de los bañistas».
Monsieur Sérien-Dutou me confesó la satisfacción que le producía contemplar entre bambalinas, por así decirlo, todo ese retablo de representaciones realistas o idealistas, retratos, textos, firmas, fechas, dibujos, garabatos, cosas, fuera del ámbito que les confiere su auténtico valor de exhibición: las redes sociales. Aunque era una auténtica pena, añadió, que además «no estuviera permitido tocar con las yemas de los dedos y aun manosear esos vívidos lienzos a este pobre Santo Tomás de la Sociología Contemporánea».
Aún la luna no había tatuado al sol, cuando nuestro flâneur me hizo partícipe a través de la pantalla de su móvil de un hallazgo magnífico que devolvía al tatuaje el aura perdida desde los tiempos en que el tatuaje se reputaba como estigma de la carne de presidio, de lobo de mar o de novio de la muerte. Escrito en alfabeto Tengwar, un texto cuya letra capitular fondeaba en el canalillo y que expiraba en el piedemonte venusino, venía a decir más o menos lo siguiente: «En vano intenté disuadir a esta infeliz de que mancillara con tinta china la crisálida del misterio. Dios quiera que un día una hermosa gravidez atirante y desfigure la grafía de estas palabras que nada tienen que ver con las cursilerías de Tolkien que ella me encomendó. De lo contrario, este tatuaje, al igual que el grafiti, solo valdrá para adornar la fachada de una casa solitaria, cuando no vacía y en ruinas. En cualquier caso, lo tatuado, tatuado está».
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