
el periódico extremadura
Empresaria comprometida
El Periódico Extremadura
Raquel Rodríguez Muñoz
Hay mujeres que, después de una operación de cáncer de mama buscan volver a reconocerse. A veces ocurre ante un espejo, al ponerse una camiseta blanca o al mirar una cicatriz que recuerda demasiado a la enfermedad. En ese punto íntimo, aparece el trabajo de María Stasieluk en Plasencia.
La tatuadora placentina, de 28 años, ofrece gratis el tatuaje de la areola del pezón a mujeres que han pasado por una reconstrucción tras un cáncer de mama. Lo hace en su estudio, con cita previa, en un entorno privado y después de una valoración para comprobar que la piel y el momento clínico permiten intervenir.
María lleva 12 años tatuando y trabaja como profesional dada de alta desde hace siete u ocho. Nació y se crió en Plasencia, aunque de origen polaco por parte de padre. Su estudio funciona con cita previa y está pensado para ofrecer un trato discreto, personal y tranquilo.
Explica que el tatuaje de areolas llegó a su trayectoria casi por casualidad. Una clienta le preguntó si hacía ese trabajo y ella aceptó después de valorar que podía realizarlo con seguridad. «No lo quiero romantizar tampoco», explica. A partir de aquella primera experiencia, empezó a investigar más y a mover el servicio de forma más seria, especialmente desde que se instaló en su actual local, en la plaza del Olivar, junto a los Multicines.
María, en su estudio, revisa alguno de sus trabajos con mujeres. / Toni Gudiel
Lo que encontró en ese primer caso fue algo distinto a otros encargos. «Cuando terminas y ves que se miran, al final le estás acompañando un pedacito de su vida», afirma. Para ella, no se trata solo de aplicar pigmento sobre la piel, sino de aportar desde su oficio en un proceso que para muchas mujeres tiene una dimensión emocional evidente.
Desde entonces, ha atendido a pocas mujeres, unas seis, según calcula. No lo oculta ni lo presenta como un fracaso y cree que puede deberse a dos motivos, que no todas las pacientes conocen que existe esta opción y que las redes sociales dificultan mucho dar visibilidad a este tipo de trabajos.
María recuerda especialmente a una mujer, Laura, que le habló de algo tan cotidiano como ponerse una camiseta blanca y volver a ver la forma del pezón bajo la tela. Ese detalle se le quedó grabado porque resume lo que muchas buscan después de la enfermedad, no solo una reconstrucción estética, sino una sensación de normalidad recuperada.
«Yo creo que muchas veces buscan hasta eso, que las areolas estén intensas», señala sobre el resultado final. La tatuadora suele trabajar con tonos algo marcados para que el tatuaje dure más, aunque adapta siempre la intensidad a cada mujer y a lo que quiera verse en el espejo.
No le gusta imponer un resultado cerrado. Si una clienta llega con dudas, prefiere empezar de menos a más. «Para añadir siempre hay tiempo y para quitar, no tanto», resume. Esa forma de trabajar le permite ajustar el proceso a mujeres que llegan con inseguridad, con miedo o simplemente sin saber todavía qué imagen quieren recuperar.
El servicio es gratuito, pero no se hace de manera automática. La persona interesada debe contactar con ella por WhatsApp y explicar que se trata de una reconstrucción de areola tras una enfermedad. A partir de ahí, María realiza una valoración previa para comprobar el estado de la piel, la cicatriz, la existencia de implantes, los tratamientos recibidos y posibles riesgos médicos.
Si la mujer ha recibido quimioterapia o radioterapia, debe esperar al menos «seis meses» antes de tatuarse, explica, salvo que exista consentimiento del oncólogo. También hay casos en los que algunas pacientes toman medicación de larga duración y deben consultarlo antes con su médico.
«No se puede llegar, ya me lo hago y ya está», advierte. La tatuadora defiende un protocolo prudente porque la piel necesita estar preparada y el sistema inmunológico no debe estar comprometido. En caso de cicatrices recientes, mala curación o riesgo en la zona, prefiere esperar antes que intervenir.
Cuando la valoración permite seguir adelante, se concierta una cita en su estudio. María reserva una mañana o una tarde entera, aunque la ejecución de una areola no suele ocuparle demasiado tiempo. Calcula que puede tardar entre media hora y una hora, pero no quiere trabajar con presión en un servicio de estas características.
El entorno privado forma parte de su manera de entender el trabajo. Eligió un local menos visible precisamente para que las personas que acudan lo hagan buscándola, no por impulso al pasar por la puerta. Ese modelo reduce la visibilidad, reconoce, pero le permite ofrecer una atención más cuidada.
En este caso, señala que no utiliza anestésico. Explica que muchas mujeres no tienen sensibilidad en la zona tras la intervención y que, cuando sí la conservan, soportan bien el procedimiento. Además, prefiere no aplicar cremas anestésicas porque considera que sus componentes pueden alterar la piel.
Aunque muchas personas hablan de micropigmentación, María prefiere llamarlo tatuaje. La diferencia, explica, está sobre todo en la profundidad y la saturación del pigmento. La micropigmentación trabaja de forma más superficial, mientras que ella opta por una aplicación más intensa para lograr mayor duración.
Su objetivo es que el resultado envejezca mejor con el paso del tiempo. No puede fijar una duración exacta, porque depende de la piel, las hormonas, el sol, los cuidados y otros factores. Aun así, calcula que puede requerir retoque a los siete o diez años, aunque insiste en que cada caso evoluciona de manera diferente.
«Yo siempre lo digo: las tatúo, no las micropigmento», afirma. Esa claridad forma parte de su manera de trabajar. Prefiere explicar bien qué hace, cómo lo hace y qué puede esperar cada mujer antes de empezar.
Uno de los problemas que más lamenta es la censura de las imágenes en redes sociales. Ha subido vídeos o fotografías de trabajos de areola que han sido retirados y, en alguna ocasión, su cuenta ha sido restringida. Eso le resta alcance y dificulta que mujeres que podrían necesitarlo sepan que el servicio existe.
María critica que un trabajo vinculado a la recuperación de mujeres operadas de cáncer pueda ser tratado como contenido sexual. «Me parece increíble», dice. La consecuencia, insiste, es que muchas pacientes no llegan a conocer esta posibilidad.
Aun así, en los últimos tiempos se ha atrevido a publicar más. Sabe que su trabajo ya cuenta con cierta reputación y que muchas personas llegan por recomendación. Además, el ayuntamiento contribuyó a darle visibilidad al concederle el reconocimiento de Mujer Extraordinaria.
Respecto a su trayectoria, María empezó a tatuar con 16 años, primero en casa y entre conocidos. Estudió Bachillerato de Arte, pero no siguió una formación artística reglada porque tenía claro que quería practicar y mejorar desde el propio oficio. «La práctica hace al maestro», resume.
Reconoce que al principio tuvo que enfrentarse a prejuicios por ser joven y mujer. Por eso, durante un tiempo, evitaba subir muchas fotos suyas para que no condicionaran la confianza en su trabajo. Incluso resalta comentarios machistas de personas que daban por hecho que el negocio pertenecía a un hombre.
Hoy se siente en un momento de estabilidad profesional y personal. Trabaja sola, gestiona su agenda y ha comprado su propio local para poder organizarse mejor. No se plantea incorporar a otra persona por ahora, aunque no descarta que en el futuro pueda hacerlo.
Por otro lado, el servicio gratuito de pigmentación de areola no es, por ahora, una prestación masiva en su estudio. María no sabe si más adelante tendrá que cobrar una cantidad mínima para cubrir materiales y tiempo si la demanda aumenta. De momento, mientras pueda asumirlo, quiere mantenerlo sin coste.
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Su mensaje para las mujeres que lo necesiten es sencillo: pueden contactar con ella (por WhatsApp en el 722 47 38 74), consultar su caso y valorar si es posible hacerlo. «Las puertas están abiertas», subraya, y lo plantea como una forma de poner su trabajo al servicio de mujeres que han atravesado una enfermedad dura y que, tras la cirugía y los tratamientos, buscan también una reparación que, a través de lo físico, conecta con lo emocional.
Editorial Extremadura S. A.
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