Fe de erratas: hasta que el láser nos separe – La Verdad


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Tatiana Abellán
Artista visual y profesora en la UMU
Hablando con Sema D’Acosta, comisario de la exposición de Chema Madoz que se va a inaugurar el jueves en la Sala Verónicas, recordé una … de las más rompedoras que se han presentado en ese espacio, la de Brice Dellsperger y Jean-Luc Verna, en el año 2011. Jean-Luc está completamente tatuado –rostro incluido– pero la frase «eres de lo más exótico que he visto en años», la pronunció él refiriéndose a mí, ya que tengo la piel virgen. Su fascinación era tan real que me pedía que le enseñara los brazos y las piernas, cual espécimen circense.
Yo diría que cerca de la mitad de los estudiantes de Bellas Artes están tatuados –mis datos son tan fiables como el CIS de Tezanos–, y muchos los han incluido en su practica artistica con tal ligereza que en una fiesta organizada por Diego Lobenal descubrimos que su performance consistía en tatuarse los nombres de los asistentes. Otros hacen de este lenguaje algo más poético, como Elena García Pinar, que dedicó parte de su TFG a tatuar con el disolvente de la tinta, creando una suerte de textos ilegibles –infraleves– una vez curaban.
El tatuaje debe de ser tan antiguo como nuestra necesidad de hacer del cuerpo algo más que un cuerpo, aunque en occidente ha oscilado entre la pertenencia y el estigma; entre el rito, el castigo y la marginalidad. Tiene una cualidad singular que Jane Caplan describe como la de ser una marca situada simultáneamente sobre y bajo la piel; haciendo visible lo que pertenece a nuestra intimidad.
La literatura reciente describe el tatuaje como una forma de volver a ejercer control sobre un cuerpo en el que ese control se había perdido
Tatuarse puede entenderse como un gesto de apropiación. Enfatiza la capacidad de decidir qué se escribe sobre un cuerpo que es propio. Y, en contextos de trauma, esa dimensión adquiere especial intensidad, ya que la literatura reciente describe el tatuaje como una forma de recuperar autonomía y agencia corporal, transformar o reconocer una experiencia dolorosa y volver a ejercer control sobre un cuerpo en el que ese control se había perdido.
‘Girls’ contó algo parecido en 2012. Lena Dunham –cuestionada ahora por controlar otros cuerpos–, interpretando a Hannah en el primer capítulo, explica que se tatuó después de engordar mucho en muy poco tiempo para recuperar el control sobre un cuerpo que sentía que se le había ido de las manos. Adam le responde que él también estuvo gordo y no por eso se dibujó encima y que, como ella ya no lo está, puede borrárselos con láser –que no deja de ser una forma de retomar el control–.
A lo que voy: nunca antes los tatuajes habían estado tan aceptados socialmente. Las tendencias pueden oscilar entre el tribal, la línea fina, el hiperrealismo o el handpoke, pero hay hambre de tinta. Y en cierto modo, las ciudades también siguen las modas. En los ochenta se llenaron de videoclubs; en los noventa, de agencias de viajes; después vinieron los locutorios y los envíos de dinero, las inmobiliarias durante la burbuja, los «compro oro» durante la resaca, las tiendas de fundas de móvil y, finalmente, los vapeadores. Por eso, cuando descubrí que en un radio de quinientos metros desde mi casa había cuatro o cinco estudios de tatuaje, supe cómo acabaría la década: con la mitad de ellos convertidos en clínicas para borrarlos.
Después de que Melanie Griffith se borrara el ‘Antonio’ del corazón, Rosalía eliminara de su piel los restos de Raúl, Angelina Jolie hiciera lo propio con Billy Bob Thornton y Johnny Depp convirtiera su ‘Winona Forever’ en un mucho más duradero ‘Wino Forever’, Aitana acaba de revelar que se está sometiendo a un tratamiento láser para deshacerse de buena parte de sus tatuajes. En su caso no se trata de pasar página con un ex, sino consigo misma: según ha contado, muchos se los hizo «en plan loca» mientras atravesaba una depresión y ahora ya no se siente representada por ellos. Resulta que las personas tatuadas presentan una prevalencia significativamente mayor de síntomas de depresión y ansiedad que las no tatuadas –aunque correlación no implica causalidad–.
Aitana ha hablado de un tratamiento de dos años, aunque quizá nunca consiga hacerlos desaparecer por completo. Es posible que le quede alguna sombra o una leve cicatriz, porque ahí reside la gracia –y la condena– del tatuaje: se inventó para durar más que nosotros. Otros optan por subir la apuesta y hacen del blackout –cubrir toda una parte del cuerpo con tinta negra– otra forma de tachadura radical añadiendo aún más tinta.
Ya lo dijo Johnny Depp: «Mi cuerpo es mi diario y mis tatuajes son mi historia». Si antes el tatuaje anunciaba quién eras o cómo querías ser visto; ahora usamos la piel como una especie de diario. Y claro, lo que uno escribe a los veinte ya no le representa a los treinta. Por suerte, siempre nos queda la fe de erratas.
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