El tatuaje de Cucurella – ABC


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Ramón Palomar

Nunca acudan hasta un prestigioso estudio de tatuajes sin una idea clara de lo que desean. Y, sobre todo, cuando el maestro tatuador les pregunte qué opción han escogido, no murmuren tontilocos mientras sonríen conejiles algo así como «uyyy, pues no lo sé…pues … estooo… pues un delfín…¡Sí, eso, un delfín!» Todos los tatuadores que conozco, tipos de vieja escuela, arte a raudales y mecha corta, detestan que les reclamen un delfín. Saben que, cuando alguien elige el «puto delfín», como dicen ellos, lo hace por seguir la corriente, por la moda de la tinta, por pertenecer a la borregada y porque asumen que ese bicho ilumina su piel. Ignoran que el delfín es un depredador, y que su inteligencia segrega malas pulgas aunque les despiste la sonrisa encajada contra su hocico. Los buenos tatuadores, cuando les piden un delfín, se niegan a malgastar su talento. Señalan la puerta ese posible cliente para que se marche a otro lado, mismamente lo que indicaron a nuestros agentes cuando la invasión en Ceuta. Pero el tatuador, al no deber obediencia al de arriba, en más expeditivo.
Instalados en la mentira de nuestros jefazos, la pérfida anestesia se ha extendido y muchos creen que vivir incrustados en la eterna farsa equivale a chapotear en esa rutina. Promesas falsas, guiñol incesante, trolas a gogó, artificios para marear… Es el pan nuestro de cada día. Pero conviene huir de semejante modorra por muy dulce que se nos antoje. Por eso, cuando alguien cumple con su palabra levanta respeto y despierta nuestra sofronizada admiración. Cucurella prometió tatuarse el careto de Luis de la Fuente si ganaban el Mundial y ya luce en su brazo ese semblante. Me alegra comprobar que el futbolista es un hombre de honor y ese ‘tatu’ marcará su piel, acaso su personalidad, el resto de su vida. Ahora bien, los tatuadores de vieja escuela, arte a raudales y mecha corta, suelen recomendar que evitemos los dibujos perpetuos con el nombre o el rostro de alguien porque nunca se sabe si esas muestras de afecto terminan en querellas que no deseamos. Los ‘tatus’, como los diamantes, son para siempre. No lo olviden.
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