El Papa, ‘Aida’ y los tatuajes – Jaén Hoy


Tribuna
La tribuna
21 de julio 2026 – 03:07
Casualmente coincidí con el Papa en mi último viaje a Madrid. Al estar alojado en el centro me vi desde por la mañana en el corazón de la piadosa multitud que iba a escuchar la misa del Pontífice. Un buen servicio policial y una mejor conducta de los feligreses permitieron una ceremonia sin los incidentes que habrían aparecido en espectáculos deportivos o musicales con similar o incluso menor número de personas. A los pocos días asistí en Sevilla a la muy lucida puesta en escena de la ópera Aida, de Verdi. Casi dos mil personas en el teatro de la Maestranza lleno. Y allí observé algo similar a lo visto en el acontecimiento religioso. Y era la casi inexistencia de personas tatuadas en ambos eventos. Me pregunté por qué. No quería sacar conclusiones radicales, pero buscaba una mínima explicación. La encontré no ya en la cuestión cultural, de la cual no tienen el monopolio las personas piadosas, como se sabe, sino en algo más elemental: la capacidad de reflexión, que sí hermana en cierto modo a quienes se ocupan de la vida trascendente y a los amantes de la música clásica. Por supuesto que quienes se tatúan están no ya entre los sectores más menesterosos y manuales de la población sino entre los deportistas y gentes de la farándula, personas afanadas por lo general en la inmediatez, en la exhibición voluntariosa de su epidermis como epítome de su mensaje al mundo. No sé si se habrán fijado, pero por ejemplo, los tatuajes de largos textos o en idiomas extranjeros suelen estar en proporción inversamente proporcional al acervo literario o lingüístico de su portador. Hagan la prueba. Pregunten al ser que los exhibe. Yo lo he hecho. Casi nadie que realmente ama las letras se las pinta encima. Las lleva donde deben ir, donde sirven; dentro de sí. Y aquí sí me afirmo en lo de la reflexión: quienes se tatúan no suelen meditar el paso del tiempo, la posible y probable mutación ideológica, afectiva o incluso religiosa, más fácil de cambiar que de grupo sanguíneo o de equipo de fútbol, las dos marcas más indelebles que conozco en el ser humano. De ahí que luego quieran borrarse el apresurado nombre de un amor eterno que no lo fue. Recuerden el caso de Melanie Griffith, eliminándose feroz el nombre de Antonio, tras romper con Banderas. O uno que yo vi con la cara del Netol en la panza. Había sido en origen el Che Guevara. De ahí las lagartijas en que se convertirán los cocodrilos cuando envejezcan sus dueños, o los gatos deformes en que derivarán los que ahora son leones sobre vigorosos brazos. Y no hablemos ya de gentes entradas en días que se tatúan como signo, por lo general inútil, de vigor juvenil o de tardía comunión con los tiempos.
Desde luego que no todo tatuado es un ser superficial, vulgar, inculto o irreflexivo, pero los incluidos en tales categorías son los seres más propicios a mostrar de forma permanente un marchamo decorativo como carta dérmica de presentación ante la humanidad. Y no vale decir que tales marcas se colocan porque le gustan al portador, que no suele vérselas. Se hacen para que las vean los otros, para que se identifique de entrada a quien las lleva con un motivo buscado de inmediato, con un concepto estético, con una mención hacia alguien, o una referencia religiosa o deportiva, que antes decíamos.
Por eso, quienes reflexionan un pelín sobre el paso del tiempo, sobre dónde deben ir los gustos espirituales, estéticos, musicales o literarios, que es en realidad dentro de ese universo que sabiendo o sin saberlo llevamos todos dentro, no suelen sellarse la piel, no necesitan llevar cartas externas de presentación. Esas que además se vuelven reiterativas y llegan a aburrir o desengañar a sus portadores, muchas veces simplemente por la evolución de un cuerpo cuya variación, no precisamente para mejor, es menester saber aceptar mientras en la piel de nuestros pensamientos sí que se puede y debe escribir, tatuar, borrar y reescribir todo lo que se quiera.
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