
Hubo un tiempo en que los tatuajes se escondían bajo las mangas por miedo al prejuicio. Hoy, la narrativa está cambiando. No solo porque el arte corporal se haya normalizado, sino porque artistas como Carlos Soto han decidido usar sus máquinas de tatuar como herramientas de transformación social.
Sojo ha transformado el estigma en admiración, probando que el arte corporal puede ser el mejor aliado de las causas nobles. Para este barquisimetano, la tinta trasciende lo visual: es el recurso con el que dibuja soluciones y brinda apoyo directo a su comunidad.
Su historia no es producto del azar. Desde los tres años, el dibujo ya era su lenguaje natural, pero fue al cumplir la mayoría de edad cuando el mundo del tatuaje lo atrapó de forma definitiva, influenciado por la estética del Rap y la cultura del baloncesto.
Como todo pionero que abre camino en terreno incierto, sus inicios estuvieron marcados por la austeridad. En una Venezuela donde adquirir máquinas profesionales era una odisea, su camino no fue una línea recta. «Fue un proceso largo, tuve altas y bajas», relata Soto al recordar sus primeros pasos.
Sin academias a la mano, se convirtió en un autodidacta riguroso, pasando horas frente a tutoriales de YouTube y estudiando técnicas de forma independiente. En este trayecto, la solidaridad fue clave: un amigo cercano le brindó el apoyo necesario para profesionalizarse, demostrando que en este arte la comunidad nace desde el primer trazo.
Lo que realmente distingue a Carlos Soto en el panorama artístico de Lara es su vocación social. Desde hace tiempo, ha institucionalizado jornadas donde la tinta se convierte en solidaridad. Su estudio se transforma en un centro de acopio. La dinámica es sencilla pero poderosa: el cliente entrega juguetes, ropa o alimentos, y a cambio, Carlos plasma su arte en la piel.
Estas donaciones luego son distribuidas personalmente por él y su equipo en comunidades vulnerables de Barquisimeto. «Me gusta mucho romper ese tabú de que los tatuajes son malos o están ligados a la criminalidad. Yo utilizo el arte para ayudar», afirma el tatuador.
Además de sus jornadas fijas, Soto colabora activamente con rifas benéficas, donando sesiones de tatuaje para recaudar fondos en casos de salud o emergencias locales, creando así una red de colaboración que él mismo denomina «una comunidad de personas que ayudan».
A pesar de su amor por la libertad de expresión, Carlos mantiene una postura firme y responsable sobre la permanencia del tatuaje, especialmente cuando se trata de zonas visibles como el rostro. Lejos de fomentar decisiones impulsivas, actúa como un mentor para sus clientes jóvenes.
Para Carlos Soto, el tatuaje ha dejado de ser un acto individual para convertirse en un acto colectivo. Su estudio no solo es un espacio para el arte, sino un punto de encuentro donde cada trazo de tinta ayuda a escribir una historia de esperanza para quienes más lo necesitan en el estado Lara.
Para quienes deseen conocer más sobre su trabajo o sumarse a sus causas sociales, pueden seguirlo en sus redes sociales como @soto.tatto o contactarlo directamente al número 0414-3503163.
Carla Martínez / Noticias Barquisimeto
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