Camila Zurita, tatuadora chilena que recorre Europa y afirma que el tatuaje le abre el mundo – DUPLOS.CL


Desde un taller sin contactos en Barcelona hasta una agenda propia: cómo mezcla línea, pintura y una mirada feminista para tatuar viajando por Europa.
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Camila Zurita, tatuadora chilena afincada en Barcelona, relata cómo la arquitectura y el arte que encontró en la ciudad dieron forma a su línea gráfica y a su manera de tatuar.

Desde su llegada en julio de 2023, explica que al inicio se fijaba en edificios con “partes raspadas que dejan entrever dibujos”, a los que tomaba fotos y luego convertía en tatuajes sobre su piel.
Camila observa desde dentro del Hivernacle de la Ciutadella cómo las plantas alcanzan casi el techo de vidrio, y muestra tatuajes en ambos brazos mientras describe el ambiente enmarcado por ventanales y franjas rojizas cubiertas de hojas y flores.
Cuenta que, en ese proceso de mirar la ciudad, encontró una forma de traducir lo que ve: “Barcelona me inspiró mucho por su arquitectura, por todo el ornamento y la pintura”.
Tras su traslado, el trabajo fue cambiando: afirma que cuando llegó no contaba con clientes ni contactos locales, pero con los años su actividad se consolidó en un punto clave de su trayectoria: “Tres años después, vive del tatuaje”.
“El tatuaje me permite vivir, trabajar, ganar plata y viajar”.
Entre los tatuajes que exhibe se incluyen obras de Crimen (tatuador chileno radicado en Berlín) y de Piraña (tatuador argentino), con una lectura del oficio que ella vincula al coleccionismo y a los vínculos entre artistas.
Sobre su forma de coleccionar, Camila sostiene: “Los tatuajes son un poco como un coleccionismo. La gente a la que le gusta el tatuaje colecciona artistas”.
En relación con el reconocimiento de su autoría, dice que le resulta difícil identificarlo ella misma, aunque afirma que existen estilos “muy definidos y clásicos” como el tradicional americano, el japonés o el realismo.
También explica qué hace reconocible su trabajo: “Creo que mi trabajo se reconoce porque insistí en una línea gráfica, que también es la forma en que me sale dibujar, y por las temáticas”.
En sus motivos recurrentes, menciona mujeres, tigres, pájaros y flores como parte de esa insistencia visual.
Para comprender su imaginario, remite a influencias artísticas anteriores: durante un tiempo fue fan de la pintura japonesa tradicional y de grabados japoneses antiguos, y también tuvo una etapa marcada por Matisse.
Según explica, empezó a reinterpretar sus mujeres e integrarlas en su propio campo: “Matisse es puro color y yo trabajo con línea negra, pero tomé las odaliscas, los patrones, las mujeres desnudas, relajadas o en distintas poses”.
Su trayectoria formativa combina artes y dirección creativa: estudió Artes Visuales en la Universidad Católica y luego cursó un magíster en Artes en Buenos Aires.
En Chile, también trabajó como directora de arte, y al hablar de la influencia en su forma de tatuar, asegura: “Me dieron un punto de vista, una visualidad concreta y una identidad que pude desarrollar como tatuadora”.
Además, remarca que esos oficios la ayudaron a construir una línea editorial: “Son oficios en los que tienes que insistir en una estética, desarrollarla y trabajar en ella. Insistir”.
Camila sitúa su trabajo especialmente en un imaginario femenino, con un componente consciente e inconsciente: señala que a veces no lo advierte, pero otras personas se lo marcan.
Explica que procura que los cuerpos de las mujeres que dibuja no sean tan delgados: “Intento que los cuerpos de las mujeres que dibujo no sean tan delgados”.
Dentro del tatuaje tradicional americano —al que vincula con el mundo de los marineros— comenta que las mujeres suelen representarse “súper sexys” con “unas pechugas”, mientras ella busca figuras más naturales: “De pronto son más gorditas o tienen las pechugas más pequeñas”.
Sobre si el enfoque responde a una postura política o estética, afirma: “Ambas. Es una forma de resignificar el cuerpo y el imaginario de lo sexy”.
Y añade una mirada sobre el lugar de la mujer en el tatuaje: “El tatuaje es un espacio muy masculino, o lo era, ya no tanto. La imagen de la mujer siempre aparecía como algo muy sexual y provocativo”.
Camila sitúa el inicio de su experiencia como tatuadora en Buenos Aires: en 2013 vivía en la ciudad y recuerda que entró a la Galería Bond Street, donde se hizo su primer tatuaje.
Según su relato, no pensó en tatuar “hasta que fui a Buenos Aires y conocí ese mundo”. Para empezar, se compró una máquina en un estudio cercano al barrio donde residía y también asistía a talleres cortos por la noche para aprender a usarla.
Indica que eran máquinas de bobinas fabricadas por ellos mismos y que comenzó a practicar con amigos en el living de su casa.
Con el tiempo, el tatuaje se volvió una dedicación más constante. Camila señala que nunca dejó de tatuar cuando vivió en distintas ciudades, aunque los primeros años los hacía de manera “muy amateur”.
Entre 2016 y 2017 afirma que se lo tomó más en serio y precisa que aprendió el oficio por cuenta propia.
Luego vivió en Wellington, Nueva Zelanda, trabajó como camarera y tatuó desde su casa.
Afirma que, aunque participó en actividades como tatuadora invitada, no ha vivido fuera del tiempo de traslado en todas las ciudades donde trabaja. Sostiene que solo ha vivido en Barcelona desde que llegó y que, desde allí, realiza guest spots en lugares como Madrid, Sevilla y Bilbao, además de ciudades europeas como Bruselas, Ámsterdam, Londres y Berlín.
Agrega que hay meses “pésimos” y otros “mejores”, pero que desde su base puede viajar, trabajar varios días y retornar.
Su historia de vínculo con Barcelona comenzó con un viaje previo: llegó por primera vez en 2022 para tatuar y visitar a un amigo, sin un plan de mudanza.
Cuando regresó a Santiago, comenzó a vender sus cosas y a juntar dinero, y reconoce: “Tuve un crush muy fuerte con Barcelona”.
Explica que lo determinante fue la estadía y el descubrimiento de que la ciudad es “abarcable”, con cultura y cerca del mar y de la montaña, además de una facilidad que describe como clave: moverse en bicicleta.
En comparación, se siente “más segura que en Santiago”.
También afirma que la vida de la gente mayor le dejó una marca: se inspiró al ver a “las mujeres más viejas” más libres, reunidas con amigos en bares por las mañanas y con actividades en centros cívicos, lo que influyó en su decisión de elegir un lugar para crecer.
Antes de partir, sostiene que “siempre es difícil dejar tu país, tu ciudad” y el entorno de quienes más quiere.
Indica que migró a los 34, con una rutina ya estable, pero aun así mantuvo la idea de que el hogar se lleva consigo: “Lo más difícil fue quedar lejos de mi familia y de mis amigos de toda la vida. Ese es el precio que uno paga”.
Agrega que le cruzó la idea de no hacerlo, pero que igualmente avanzó.
Poco después de llegar, la dueña del estudio Bonito Lo Justo, Claudia, le propuso una reunión. Camila describe que ese fue su “primera gran estrellita recién llegada”.
Relata que el estudio buscaba nuevas artistas, que ella encajaba con el perfil y que la intención de Claudia era “darle un giro al estudio”, reclutar artistas con identidad y formar un equipo que, según explica, apuntaba a mujeres.
Camila remarca que le pareció inspirador porque el tatuaje es un mundo que “originalmente no les correspondía a las chicas”, y destaca que le gusta “juntar fuerzas entre colegas del oficio”.
Con el tiempo, el estudio adquirió para ella un sentido de hogar: cuenta que de a poco tomó confianza, podían proponer ideas y armar proyectos juntas, y afirma: “remamos todas en la misma dirección”.
Agrega que seis meses después se mudó a Sants, donde también vivían amigos, y que así se desarrolló rápidamente “esa sensación de fem barri”.
La transición laboral también se relaciona con su experiencia previa en dirección de arte: en Santiago, explica que una llamada de una productora podía modificar su semana, alternando tatuajes con dirección de arte para publicidad y otros proyectos audiovisuales.
Entre los trabajos que dirigió menciona “Dámelo”, de Ceaese y DrefQuila, y señala que integró el jurado de Mejor Videoclip en los Premios Pulsar.
Al hablar del costo de dedicarse solo al tatuaje en Chile, indica que cuando hacía ambas cosas tenía más tranquilidad económica, pero debía trabajar mucho en publicidad: “que te come la vida”.
En Barcelona, afirma que gana menos, pero que con lo que gana vive bien y que el tiempo es suyo.
Sobre lo que extrañaría si volviera a los sets, menciona que le falta estar en la construcción de mundos ficticios y que le apasiona el oficio del cine y los videoclips.
Aun así, señala que valora esta vida más tranquila, donde considera que el tiempo “es lo más valioso”. En paralelo a su agenda propia, subraya que decide en qué dedicarlo y que puede enfocarlo en proyectos creativos.
Además de su trabajo estable en Barcelona, Camila viaja como artista invitada a estudios en distintas ciudades de España y Europa, manteniendo el vínculo con su actividad del tatuaje fuera de su base en Sants, barrio donde vive y también trabaja como tatuadora.
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