
Viernes, Julio 3 2026
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Con doce años de oficio y formación en artes plásticas, Armando González se ha hecho un nombre en el realismo a color y el blanco y negro. Su trabajo ya pasó por convenciones en México y Ecuador, y este año cruza una nueva frontera.
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Publicado por: Nuevos Proyectos
Hay tatuajes que se miran y tatuajes que se sostienen frente a los ojos como una pintura. El trabajo de Armando González pertenece a la segunda categoría. Un dragón cuyas escamas parecen latir bajo la luz, el retrato de un caballo con la mirada cargada de vida, una composición de tres rostros femeninos que dialoga entre el grafito y el color: cada pieza nace de la misma convicción que el artista bogotano repite como una declaración de principios.
“Un buen tatuaje se define por su incorporación en la piel y por el valor estético y compositivo de la imagen”, afirma González, de 33 años. No habla solo de técnica: habla de hacer que el dibujo y el cuerpo se vuelvan una sola cosa.
González llegó al tatuaje desde la formación académica en artes, con una base sólida en dibujo que terminó marcando su manera de entender el oficio. “Estudiaba artes, tenía conocimiento en dibujo, y me ofrecieron la oportunidad de empezar a hacer tatuajes”, recuerda. De esa puerta entreabierta han pasado ya doce años de trabajo continuo.
Esa raíz plástica sigue viva fuera del estudio. Además de tatuar, González pinta: óleos de corte realista en los que un niño moldea barro en un taller o una figura solitaria descansa la cabeza sobre la mano, con un dominio del cuerpo, la luz y la textura que después traslada directamente a la piel. Para él, lienzo y epidermis son dos soportes de la misma búsqueda.
Si hay una palabra que ordena su trabajo, es realismo. Realismo a color, sobre todo, pero también blanco y negro y fine line. González piensa el color como un pintor piensa el óleo. “En una piel más oscura uso más color y genero detalles con tonos profundos; en pieles más claras puedo hacer transiciones más depuradas”, explica. El alto contraste es su firma.
A diferencia de quienes persiguen cada tendencia, prefiere mantener su lenguaje. “Trato de no sumarme a las nuevas tendencias porque mi estilo ya está definido. Si veo algo que me sirve, lo incorporo; si no, sigo mi camino”, dice. Frente al cliente, su método combina autoría y escucha: “Propongo desde lo artístico, pero empatizo con el cliente. Al final, es él quien elige”.
Buena parte de lo que sostiene a un buen realista no se ve, y González lo sabe. Calibra el voltaje de sus equipos y lo mantiene constante para que la velocidad y el recorrido de la aguja no varíen pieza a pieza. Ajusta la profundidad según la zona: saca más la aguja en superficies amplias y la acerca cuando busca volumen y transiciones limpias. Trabaja con pigmentos de marcas reconocidas en la industria, eligiendo cada uno según su función —desde los tonos sólidos para zonas extensas hasta los grises para las sombras.
La rigurosidad también es seguridad. Evalúa con cuidado las cicatrices antes de intervenir, deja márgenes de aislamiento y pospone la cita cuando una marca está demasiado reciente. Sobre uno de los errores más temidos por los principiantes, el llamado blowout, es categórico: “Hay que seguir lo básico, no repasar de más ni insistir de más”. Es, dice, un problema de novatos que en su trabajo dejó atrás hace tiempo.
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Como casi todo tatuador con trayectoria, lleva su propio mapa de tinta. Entre todas, dos piezas concentran su sentido: un Ojo de Horus en la cabeza y una máscara que representa el ego. Dos imágenes sobre la mirada, la identidad y aquello que un artista debe aprender a observar —y a contener.
Su consejo para quienes empiezan no apela al talento, sino a la constancia: “Disciplina, constancia y espacio para descansar del tatuaje, para mantener el enfoque”. Detrás de la frase hay una idea que atraviesa toda su carrera: la calidad no es un golpe de suerte, sino una práctica diaria. “Estoy constantemente buscando mejorar”, dice cuando se le pide elegir su tatuaje más memorable. Por eso le cuesta señalar uno: para él, el mejor siempre está por hacerse.
Este artista ha participado en convenciones de tatuaje en México y Ecuador, escenarios donde el realismo latinoamericano gana cada vez más espacio. Ahora prepara una nueva etapa: viajará a Estados Unidos, donde permanecerá tres meses desarrollando proyectos y llevando su estilo a nuevos públicos.
Es el siguiente paso lógico para un artista que entiende el tatuaje como una disciplina sin fronteras y que, lejos de acomodarse, sigue midiéndose contra sus propios estándares. Del taller de pintura en Bogotá a la piel de sus clientes y a las salas internacionales, Armando González insiste en lo mismo: que cada imagen, sin importar el soporte, merezca quedarse.
Publicado por: Nuevos Proyectos
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