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Alberto Martínez de la Calle
Valencia
«¡Quiero una guerrera!». Fue su grito al cruzar la puerta. Asunción Martínez, de 76 años, llega al estudio acompañada de su hija Sandra. Se … abraza tiernamente con Sefi y Marroto, las artistas que les han decorado la piel desde el pasado verano. Asun avanza hacia su cuarto tatuaje en apenas doce meses. El nuevo va a ser el de mayores dimensiones: una luchadora muy personal. «Me lo van a diseñar con unos lagrimones y con el corazón roto. Porque mi corazón está roto», explica. El arte del tatuaje se ha convertido para ella en una forma de expresión, en una manera de canalizar su duelo. Perdió a su hijo y su marido en siete meses y, a partir de ahí, decidió grabar en su brazos y su pecho ese amor eterno. No es un caso aislado. Ni mucho menos. Con motivaciones de todo tipo, cada vez son más las personas próximas a la tercera edad que se adentran en el mundo del ‘tattoo’. «Se ha roto el tabú», afirma Marroto.
«Me hace sentir bien. Y cuando me hagan la guerrera, me hará sentir perfectamente. Me gusta. La sensación al tatuarme me gusta», comenta Asunción, encantada con los dibujos que han pasado a adornar su piel. En agosto de 2024, falleció su hijo: «Y mi marido se puso enfermo. Cáncer de médula. Duró siete meses». Murió en marzo de 2025. El pasado verano, tocando fondo, acompañó a su hija a Nigromancia Tattoo, el céntrico estudio de Sefi.
«Yo estaba muy deprimida. Sandra se iba a hacer un tatuaje por lo de su hermano. Vine con ella aquí y me sentí súper bien. Y entonces dije: ‘Quiero un símbolo de infinito con los nombres de mis dos chicos’. Luis y Luis. Nunca había pensado en tatuarme», recuerda. Dicho y hecho. Madre e hija salieron del local con tinta en su piel.
«Asun ahora mismo es nuestra madurita de oro y de honor», bromea Sefi, quien al mismo tiempo ejerce como delegada en la Comunitat Valenciana de la UNTAP (Unión Nacional de Tatuadores y Anilladores Profesionales). Pese a que no disponen de estadísticas oficiales, ella cuenta con referencias de sobra: «Cada vez vienen más personas de 60 y 70 años. Ya no se queda entre los 20 y los 30. Ahora la edad es más alta. Considero que está más que normalizado». Y describe esos primeros contactos de las personas mayores con el ‘tattoo’: «Al principio eligen detallitos muy pequeños, porque no saben cómo les va a curar ni si les va a doler mucho… Al principio les asusta y quieren cosas muy básicas y personalizadas». Habla mientras repasa con tinta negra la última pieza realizada sobre la piel de Asunción: «Ella, por ejemplo, ha pasado de detallitos pequeños a cosas más grandes. Y ahora se va a lanzar a la piscina con una guerrera».
Asunción no emite ni el mínimo gesto de dolor. «No lo noto. No me hace nada de daño. Mi piel ya tiene 76 años», dice entre risas. Esta valenciana se define como «la moderna» y asegura que nadie de su entorno le ha cuestionado: «Siempre he sido un poquito tirada ‘pa’lante’». Su segundo tatuaje se fraguó de una manera conmovedora: «Empecé a leer otra vez las cartas que me mandaba mi marido cuando estaba en la mili. Eran de 1970. Las tengo guardadas. Lloré mucho. Y vi esto». Se señala la composición que decidió copiar del papel a su pecho: «Pone ‘tú’, ‘yo’ y ‘te quiero’ con dos corazones y una flecha«.
El pasado mes de febrero, llegó el tercero. «En nuestro chalet, en Bétera, siempre veo una mariposa blanca que viene rondándome cuando salgo. Entonces vine al estudio diciendo que quería una flor con dos mariposas», cuenta Asunción. Le interrumpe su hija para entrar en el fondo de la cuestión: «Las mariposas blancas significan que las personas que se han ido te visitan. Era bonita la rosa roja por el amor que le tiene a mi hermano y mi padre y las mariposas representan a ellos. Es simbología».
Ha nacido una relación de complicidad entre Asunción y Sefi. A la hora de dar vida a las creaciones, hay diferencias en función de la edad. «Se nota mucho. No es lo mismo una piel de 20 años, que una de 30, que una de 50, que una de 70… Al faltarle colágeno, la tinta absorbe de otra manera. Por eso hay que repasar más veces. Y la piel muda más. Hay cosas que varían. Si tatúas a alguien de 20 años, es piel súper hidratada y más elástica. A Asun hay que estirarle mucho para poder tatuar. Es normal«, indica la artista, quien toma precauciones: «Como tiene la piel más fina, no puedo clavar demasiado. Más vale repasar poco a poco que clavar a la profundidad que corresponde. Hay que tener en cuenta la edad».
Marroto, compañera de Sefi, será la encargada de dar vida a la luchadora que ya tiene diseñada en su cabeza Asunción. Aunque la artista le advierte: «Yo nunca hago guerreras tristes. Tienen que estar dolidas pero estoicas. Y tú también tienes mucha alegría, así que hay que hacer una mezcla«. Seguirán hablando para encontrar el diseño perfecto.
«Yo tengo varias clientas de entre 65 y 70 años. Hay unas que pertenecen a un mismo club deportivo. Empezó viniendo una y ya he tatuado a tres», cuenta Marroto, quien el otro día atendió a un hombre «cercano a los 70» que pidió una mariquita en el trasero: «Han decidido tatuarse muchas personas mayores que tenían esa curiosidad y ese deseo pero estaban vetados por la sociedad».
Sandra trata de frenar a su madre a la hora de concretar el tamaño de los ‘tattoos’. Dentro de unas semanas, ambas llevarán a su particular guerrera grabada en la piel. Cada una, a su manera. «La piel lisa de una persona, cuando envejezca, se va a quedar arrugada. ¿Qué más da que te lo hagas con la piel ya arrugada? La gente no está acostumbrada a ver a abuelitos o abuelitas tatuados. Una persona que no ha crecido con los tatuajes está estigmatizada a la hora de decir si es mayor para hacerlo», razona Sefi, quien lleva 24 años como profesional.
«Cuando yo era pequeña no estaba a acostumbrada a ver mujeres de 50 o 60 años tatuadas. A día de hoy veo a mis amigas de 50 y 60 tatuadas y digo: ‘¡Qué guapas y que sexis van con sus tattoos!’. Hay arrugas insignificantes que pasan desapercibidas. Las típicas de pecho no se ven. El dibujo se queda súper bonito», destaca Sefi, quien hace referencia a otros casos: «También vienen mujeres de 60 años que han tenido a los hijos y quieren taparse una abdominoplastia. A lo mejor les da vergüenza la cicatriz». El mundo del tatuaje ya atraviesa todas las generaciones: «Vienen varios chavales de 14 o 15 años a tatuarse detallitos pequeños al mismo tiempo que sus padres».
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